Hay bichos en la ensalada pero las calabazas son buenas

José Andrés García Cuestas
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No existiendo confesionarios para los profesionales del sector primario, lo que hacemos cuando estamos para tomar un camino -es decir, agobiados- es buscar la comprensión y el apoyo de quienes también andan en ese lío de producir alimentos.

Eso sucedió esta pasada semana cuando el miércoles, a  media mañana, decidí tomarme un café manchado en el bar de mi pueblo. Vi en la barra a uno de los jefes de equipo de una de las empresas agrícolas que realizan cultivo intensivo, en concreto, brócoli y lechuga, en la finca aledaña a mi casa y, vaya por delante, no tenía el hombre buena cara. En cuanto cruzamos mirada supe que empezaba mi rol de padre confesor, era mi turno, pues es oficio que ambos nos otorgamos gustosamente.

Yo le explico como nos va o no nos va la ganadería, así que tocaba saber de vegetales y sus cuitas. Vaya por delante, la empresa en cuestión observa, de forma estricta, la norma que tutela el uso de químicos en la agricultura. De hecho, tiene un enorme mercado en Europa, y de no hacerlo, no podría vender allí. Pero claro, cuando se dan ciertas circunstancias ambientales (incremento de lluvia, temperaturas elevadas...), pueden aparecer plagas en los cultivos. Si ello sucede, y aunque los insectos que invaden los vegetales no afecten a la salud humana, si llegan a los mercados de destino, aunque sea en pequeña cantidad, las partidas son devueltas al país productor.

Hasta ahí todo bien. Es una lástima que despreciemos alimentos viables, pero así es el acomodaticio y caprichoso mercado europeo.

Pero seamos sinceros, ¿una mala cosecha, con presencia de insectos, hace que, en relación a algunos productos, se pare su demanda?. Pues nada más lejos de la realidad, el mercado glotonea siempre y quiere lechugas en suministro constante (lechugas y lo que sea). No se trata pues de defender un cultivo sano y sin efectos negativos a la salud del consumidor, se trata de que sea todo bonito, limpio y bien envasado. Hecha la reflexión mi amigo preguntó: ¿pero tú sabes lo que demuestra lo que te estoy diciendo?. La verdad, yo barruntaba por donde iba a ir la cosa, pero ¡qué puñetas!, se habían sumado más almas a la conversación, así que para dar brío al ponente, contesté que no.

¡Aceite en un candil!, el hombre se vino arriba y dijo, con voz atronadora, lo que todos llevamos años oliendo: “Mirad la Agenda 2030, el acuerdo Mercosur y el próximo acuerdo con la India traerá producto producido con todos los fertilizantes e insecticidas prohibidos en Europa. Mientras la producción local decaerá por no ser competitiva, el consumidor no tendrá pulgón en las lechugas, será muy feliz, pero se comerá toda la mierda del mundo”.  Bien, suena burda la forma de expresarse de mi amigo, pero, miren ustedes, es triste la verdad, lo que no tiene remedio.

No sé si lo que este servidor escribe llega o no a lectores de zonas urbanas, pero siendo las ciudades los ámbito de mayor consumo de alimentos, bien podrían sus habitantes ponerse por la labor de defender las producciones europeas. Han de saber que, si estas caen, los precios de los productos sin bichos venidos de allende los mares serán los mismos o más elevados, y además deberán prepararse a invertir en un buen seguro médico.

La conversación de bar acabó hablando de calabazas. Sepan ustedes que la mayoría de las calabazas que se distribuyen en las grandes superficies españolas tienen origen Nigeria. Es un hecho, ese país africano no sigue la norma europea en la producción de alimento.

Investiguen si tienen ganas.

José Andrés García Cuestas, director gerente en la Agrupación de Defensa Sanitaria de Ganado Porcino de Fuente Álamo (Adespofa)

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