Como apasionado del submarinismo, he sido, soy, y seguiré siendo un acérrimo defensor del medio natural. De hecho, mis temporadas de inmersión, siempre se iniciaban con la recogida de plásticos del fondo marino. Y sí, quizás no conseguíamos cambiar mucho las cosas, pero a todos los colegas buzos, esa acción, nos hacía conscientes de que el planeta azul es nuestra casa y que hemos de cuidarla y mantenerla.
Pero seamos sinceros, una cosa es trabajar por la sostenibilidad medioambiental, y otra, muy diferente, caer en la incoherencia ecologista. Y eso es lo que percibo en mi entorno, una contradicción manifiesta entre la exigencia de una sociedad sostenible, tecnológicamente avanzada, llena de comodidades, y la confrontación con las infraestructuras que han de hacerla posible. Legiones de seres humanos bipolares desean disponer de electricidad, gas, agua y alimentos, pero que todo ello se genere por arte de magia, y sin que nadie se entere.
Y, sintiéndolo mucho, va a ser que no. Mejor que vayamos repartiendo sopapos de cruda realidad. Seguro que lo han escuchado muchas veces: “mejor un por si acaso que un yo creía”. Vamos, que mejor prevenir que curar. Así que, puestos a tener futuro como sociedad, informemos sin descanso y batámonos a duelo con la desinformación de los gurús ecolojetas, esos actores ideológicos que magnifican riesgos percibidos y niegan -como fundamentalistas- el necesario beneficio social global.
También es cierto que podríamos involucionar, ¿por qué no?, y regresar, gustosamente, a la sociedad preindustrial y renunciar a estar calentitos en casa, al agua corriente saneada, a internet y a los servicios públicos como la sanidad y el transporte. ¡Ah!, y también aprender a cultivar y criar ganado en nuestra propia casa. Pero, realmente, creo que, por muy bucólico que resulte sobre el papel el pasado, la realidad es que nadie está dispuesto a semejante cambio. No olvidemos que somos la sociedad que necesita enchufar el cargador del móvil para sentirnos vivos. Un dato, el 82% de la población española vive en zonas urbanas, así que resultaría difícil volver a una sociedad pastoril.
El caso es que, como les decía, debemos empezar a repartir dosis de realidad. Toca enmendar la información que les ofrecemos a nuestros niños y jóvenes, e incidir en una idea básica: trabajar por la sostenibilidad nos impone aceptar infraestructuras que son de todo menos invisibles. No podemos llenar los libros de texto de ideas mágicas omitiendo que se han de basar en una realidad técnica e industrial.
¿Un ejemplo?, pues bien, sencillo. Cada vez que las gentes se lanzan a descalificar un proyecto de biogás, o un sistema de presas y saltos de agua para producir energía y proveer el riego de la producción agrícola y abrevar a la ganadería, lo que estamos haciendo, con nuestra cacareada posición ecologista, es de una hipocresía salvaje. ¿Qué deseamos?, pues evitar las obligaciones de la producción energética y alimentaria, siendo eso -ni más ni menos- que llevar los supuestos problemas lejos para no verlos.
Miren, a las cosas por su nombre, no cabe duda, debemos minimizar el impacto negativo sobre el medio ambiente de la actividad humana, pero eso implica la gestión adecuada de los recursos naturales, y optimizar el reciclaje y reutilización de los subproductos y residuos. Y ¿saben?, eso no se hace con palabras bonitas y reuniones grandilocuentes, eso se hace construyendo estructuras industriales e infraestructuras hidráulicas.
Por acabar, de seguir sumergidos en la hipocresía ecologista, acabaremos importando todo nuestro alimento y, tal como sucede en Suiza, acabaremos pagando veintitrés euros por un kilo de pechuga de pollo. Pues nada, sigamos trabajando.
José Andrés García Cuestas, director gerente en la Agrupación de Defensa Sanitaria de Ganado Porcino de Fuente Álamo (Adespofa)